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Amigos de Tierra Media: El secreto tras las runas

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Amigos de Tierra Media: El secreto tras las runas

Mensaje por JOSE MORENO el Miér 22 Nov 2017, 13:09

Bueno señores, mi proyecto literario (no veas jajajajaja) esta cogiendo forma y para mediados de 2018 parece que sera posible. Aprovecho para comunicároslo desde aquí, ya que sé de buena tinta, que hay muchos seguidores del mundo de Tolkien.

Aqui podreis informaros de los avances y noticias del proyecto:
https://www.facebook.com/elsecretotraslasrunas/

Ademas iré refrescando en este foro cualquier cosa que crea importante, por si hay interesados que puedan seguirlo.

Sólo os pido que si podáis y os gusta el proyecto participéis compartiéndolo con amigos que les guste este mundillo, así como los juegos de rol.

El proyecto ha sido aceptado tanto por la editorial como por la plataforma de mecenazgo VERKAMI, aun no esta colgado mientras se diseña y prepara, pero en cuanto este listo lo comunicaé por si alguien quiere participar.

Gracias y preguntad, lo que queráis, sin miedo a ser pesados esto a mi me apasiona.



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JOSE MORENO

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Re: Amigos de Tierra Media: El secreto tras las runas

Mensaje por TÝR el Miér 22 Nov 2017, 22:27

Mmmmmola! voy a echarle un ojo!
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TÝR

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Re: Amigos de Tierra Media: El secreto tras las runas

Mensaje por JOSE MORENO el Miér 22 Nov 2017, 22:34

@TÝR escribió:Mmmmmola! voy a echarle un ojo!

Gracias por verlo y el Like

Hay un fracmento de un capitulo en el primer post
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JOSE MORENO

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Re: Amigos de Tierra Media: El secreto tras las runas

Mensaje por JOSE MORENO el Jue 23 Nov 2017, 11:15

UN FRAGMENTO DEL CAPITULO 2, A VER SI LEVANTA ALGO DE ANSIEDAD LECTORA.

Entrada ya la noche cuando el posadero terminó de limpiar, se proponía vaciar el último cubo de agua sucia en la puerta de la posada, cuando una decena de jinetes se acercaba a la entrada a trote ligero, llevando caballos de distinto color y pelaje, bajos de talla pero de piernas robustas y algo peludas. Los jinetes eran todos de estatura media, no creía Flaumin que ninguno llegara al metro setenta y cinco, llevaban gruesos capotes que los cubrían y poco equipaje, lo que dio a suponer a la elfa o que su base estaba relativamente cerca o que tenían un campamento más cerca aún.
Todos los jinetes se pararon en la puerta de la posada y uno de ellos bajó del caballo para acercarse al posadero. Flaumin vio que el posadero se quedaba blanco al ver quien se le acercaba; así que se preparó poniendo una de sus flechas sobre el arco de Lórien.
—¿Dónde están los viajeros? —espetó secamente el hombre al posadero en idioma común con bastante acento, mientras se quitaba la capucha de su capote que cubría su larga melena llena de trenzas coronadas por varios aros de plata.
No le dio ni tiempo a abrir la boca al posadero para contestar, cuando desde dentro una voz firme contestó al oriental con pelo trenzado, que esa misma mediodía había visitado la posada y tropezado con el enano.
—Estamos aquí, ¿quién desea vernos a estas horas cuando lo razonable es estar en la cama?... y menos en ese tono —Rasar Karak contestó sin inmutarse, sentado en la esquina del salón más cercana a la ventana que daba al porche de entrada y sin dejarse ver.
El resto de los jinetes desmontaron y dos de ellos cogieron las riendas del resto de los caballos de sus compañeros. Todos se dispusieron a entrar en la posada, y el que parecía el líder apartó al posadero de un manotazo y éste estupefacto por el miedo se dejó caer junto a la pared de la posada, para ir retirándose hacia el granero, sin articular palabra.
Los ocho jinetes entraron en el salón, y debido a la tenue luz que reinaba a esas horas en la posada, tardaron unos segundos en ver que el único inquilino del salón estaba en la esquina noreste de la estancia, sentado mirándolos, con un libro debajo de su mano apoyada en la mesa.
—Parece ser amigos que siguen sin contestar a mi pregunta —espetó educadamente Rasar Karak a los viajeros que comenzaron a formar un semicírculo a unos tres metros del sanador.
Todos ellos se apartaron las capas o se las abrochaban a un costado dejando ver que todos iban bien armados, con espadas cortas o dagas además de cimitarras y con armaduras ligeras de cuero tachonado, eso sí, sin una uniformidad que les dejara entender a los que los vieran que podrían formar parte de alguna milicia o ejército; sólo sus vestimentas oscuras, peinados de pelo oscuro trenzados y el color de su piel, podían dejar claro que eran un grupo bajo el mismo mando.
—¿Dónde están tus compañeros? —preguntó el que podría ser el líder, mientras que algunos de sus compañeros escudriñaban el salón en busca de más individuos.
—Están durmiendo la mona, pero puedes preguntarme lo que quieras, yo respondo en su nombre. —La voz cortés de Rasar Karak desconcertaba a la vez que ofendía a los que le estaban mirando, puesto que no apreciaban en aquel solitario hombre el miedo que normalmente veían en el resto de personas con las que se solían encontrar en sitios como éste.
—Subid y despertarlos, decidles que bajen rápidamente —ordenó el oriental a cuatro de sus secuaces, señalándoles con la mano y dedo índice en alto.
—No, no, no, no… no hagáis eso, el enano tiene mal despertar y entonces es cuando no responderé en nombre de mi amigo, él responderá solito y con un tono poco afectivo ¿sí me entiende usted? –contestó Rasar Karak al líder del grupo haciéndole un signo de negación con la mano derecha y la cabeza a la vez, mientras cerraba los ojos.
—Basta ya de chácharas, lo entenderás rápido si te lo explico en otro idioma. —El líder del grupo sacó un puñal de su cinto y retiró una silla para acercarse a Rasar Karak e intentar cogerlo. Rasar Karak, sin moverse de la silla, cogió su bastón que tenía apoyado en la esquina, trazó una línea en el suelo y gritó una frase en idioma común.
—¡¡¡Ante las manos de Mandos pararás!!! —El líder del grupo de jinetes se paró en seco y su cuerpo pareció estremecerse y estirarse como si sus pies estuvieran pegados al suelo y su cabeza quisiera tocar el techo de la posada. Todos se quedaron quietos, los cuatro que estaban en la escalera y los tres que acompañaban al líder, y a lo único que les dio tiempo fue a acercar las manos a sus armas.
Dos segundos pasaron cuando un portazo en el segundo piso precedió a una visión poco común, la de un enano armado con hacha de viaje y escudo que cargaba sobre los cuatro hombres que estaban quietos en la escalera.
—¡¡Khazad!!, ¡¡Khazad!! —El primero de los orientales se dispuso a sacar su cimitarra cuando un empujón del enano con su escudo le dio en toda la boca despejándole la encía de cualquier diente. El golpe le hizo saltar por la barandilla de la escalera al suelo de la posada, cayendo de espaldas.
Gáland salió de la habitación justo detrás del enano, corrió por el pasillo del segundo piso hasta situarse a la retaguardia de los que estaban en la escalera y saltó a la planta baja dando un sonoro traspié contra el suelo, que aun así no le impidió ponerse de pie y desenvainar la espada.
Flaumin escuchó la amenaza del líder del grupo, la silla caer al suelo y el grito de Rasar Karak. Ni se paró a pensar en lo que Rasar Karak dijo, tensó el arco y disparó dos veces en apenas 5 segundos; podría decirse que la rapidez del disparo, más que por la maestría en el uso de ese buen arco largo, se debía al ansia por empezar a usarlo. La primera flecha atravesó un ojo de uno de los que estaban cuidando los caballos, el silencio se hizo durante los siguientes cuatro segundos, mientras el desafortunado caía lentamente y las riendas suavemente se deslizaban por entre sus manos muertas. El otro no supo de qué ocurría hasta que recibió una flecha en la mano de las riendas que le hizo soltar un grito de dolor.
—Eso es imposible de fallar —se espetó a sí misma Flaumin mentalmente, como queriendo echar la culpa a un ser divino que maneja las riendas de su vida fuera de sus antojos.
Dentro de la posada, Rasar Karak volvió a pronunciar otra frase, pero esta vez en lengua negra, hasta a Gáland le hizo daño esa frase en sus oídos y eso que no se dirigía a él. Al terminar esa frase Rasar Karak tocó al líder del grupo en un hombro; un gran ¡crak! resonó en la sala y las piernas del pobre oriental se quebraron como si de dos cañas secas al quebrarse se tratara, y la sangre manaba de unas heridas provocadas por los huesos astillados. Aun así el oriental seguía en pie sostenido solamente por las artes mágicas de Rasar Karak, que le obligaban a estirarse intentando alcanzar el techo sin separar los pies del suelo.
Los tres acompañantes del líder se quedaron estupefactos al ver lo que le pasaba a su jefe y cuando se disponían a abalanzarse contra el sanador uno de ellos cayó empalado por la espada de Gáland, éstos pararon su embestida y se abrieron a los costados del caballero tirando sillas a su paso. Sacaron sus armas y se pusieron en defensiva, mientras Gáland sacaba la espada clavada del cuerpo del que acababa de matar.
El enano, al levantar el hacha para sacudirle al segundo de los individuos orientales que estaban aún en la escalera, recibió una puñalada en un costado que le hizo encogerse por el dolor, aunque sabía por experiencia que esa puñalada no había atravesado su cota de malla, por lo que decidió despejar otra boca de dientes con su escudo, haciendo caer de rodillas al agresor, que perdió el conocimiento. El tercero en discordia en la escalera retrocedió varios pasos y lanzó un puñal al enano, que rebotó en el peto de mithril como si en vez de acero el puñal estuviera hecho de madera verde.
Flaumin bajó de un ágil salto del tejado a más de tres metros de altura, volvió a tensar el arco y apuntó bien, mientras su blanco, que tenía la mano herida pegada a su vientre, y la otra mano extendida hacia la elfa con la palma abierta y el rostro desencajado, pedía clemencia haciendo un gesto de negación con la cabeza.
—Seguro que dentro quedará alguno vivo al que preguntar —pensó Flaumin aún enfadada, por su fallo anterior, antes de soltar la cuerda y atravesar palma y garganta del desgraciado oriental.
Gáland conminó a rendirse a los otros dos, apuntándoles con la punta de su espada ancha, mientras que Rasar Karak balbuceaba en lengua negra y movía el bastón contra el suelo dibujando signos imaginarios.
—Venga rendíos, no merece la pena morir por nada, sentémonos a charlar, ahora somos nosotros los interesados en saber quiénes son ustedes. —Gáland no dejaba de mantener la guardia de su espada en alto apuntando a las caras de sus oponentes.
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